Los hechos
Primer hecho
La primera temporada de anchoveta 2026 se abrió
con un elevado porcentaje de juveniles y apresuradamente, tres días antes de
las elecciones, lo que permite presumir que se pretendió una interferencia en
el proceso electoral, por cuanto se favoreció el ausentismo de muchos tripulantes
de la flota anchovetera y trabajadores de planta. Ese debe haber sido el
principal motivo para no esperar hasta mayo, provocar ausentismo de los
pescadores que ese día estuvieron pescando. Eso es más que evidente. Lo extraño
es que nadie diga nada al respecto.
Segundo hecho
Se persiste en continuar pescando pese a los
reportes que indican exceso de juveniles. Con una frialdad e indiferencia que
asustan, las autoridades de pesquería no han cerrado la pesca de anchoveta. ¿De
qué tienen miedo o a quién sirven? ¿O qué es lo que ganan?
Tercer hecho
La cereza del postre es la modificación del
clasificador de cargos del IMARPE, que indica que van a contratar, posiblemente
en los siguientes días a un Presidente de Imarpe con un perfil académico
inferior al que figuraba en el clasificador de cargos de diciembre del 2025. En
ese supuesto, que está legalmente bien diseñado se faltaría el respeto a los
científicos que han hecho posible el prestigio de la institución al ponerles de
jefe a alguien con inferior calidad de educación y experiencia que ellos. ¿Lo
aceptarían?
Seguir pescando a pesar de que las evidencias indican gran presencia de juveniles no tiene una explicación científica, sino económica. Por un lado mantener el crecimiento del PBI, que es la bandera que usa el sistema para justificar todo y mostrar la “bonanza del país” y por otro lado asegurar la rentabilidad de la industria.
Esto evidencia que la política que defiende intereses ajenos a los de la Nación, se impone a la ciencia, lo que es una vergüenza y una falta de respeto no solo al sector, sino al país. No hay delito, pero hay indecencia e inmoralidad.
El poder fáctico que digita y orquesta todo esto ha sido, es y será intocable en nuestro sistema que privilegia las cifras macroeconómicas del momento. Si en el futuro desapareciese la anchoveta, como ocurrió con la sardina, serán otros políticos y otros funcionarios los que asuman las consecuencias de lo que se está haciendo hoy. Por tanto, no les importa.
Este es nuestro país, sometido a los dictados de funcionarios necios e incompetentes al servicio de intereses de parte y con respaldo del poder político de turno, que está llegando a su fin y por el poder económico que no tiene fin.
La conclusión ante los hechos, es que a nadie le importa la sostenibilidad del recurso ni el futuro del país, sino la ganancia inmediata, el corto plazo.
En el próximo gobierno la situación puede cambiar, puede mejorar, puede empeorar, o mantenerse igual. Todo dependerá de por quién votemos. No podemos confiar en los planes de gobierno, porque sabemos que no son de obligatorio cumplimiento. Además desaparecen a la hora de negociar ministerios por votos en el Congreso. El sector de la población que está contenta con el actual estatus y que todo lo tiene, estará deseando que todo siga igual. Pero el otro sector que poco o nada tiene y que no está satisfecha con el sistema y el actual nivel de inmoralidad que nos gobierna, necesita y quiere un cambio.
Se debe analizar debidamente quienes han estado defendiendo intereses de parte y no del país en el gobierno que está por terminar, quién ha digitado los nombramientos de funcionarios y quien está detrás de la designación de las jefaturas del Imarpe con un perfil académico muy bajo. Así como quién digitó la obstrucción e interferencia en las elecciones al abrir inoportunamente la temporada de anchoveta. Situación que podría repetirse para el día de la segunda vuelta.
Las mayorías decidirán. Solo esperemos que nos dejen votar a todos y no inventen artilugios para impedir el voto, como se hizo con los pescadores en la primera vuelta y que no haya más irregularidades.
El país necesita un cambio, aunque este sea doloroso. Del caos nacerá el orden.
“El país ya no soporta un día más siendo secuestrado por mediocres e incapaces. ¡Ya basta de tanto politiquero barato! Basta de aquellos que ven en el Estado su caja fuerte personal y en la política un negocio redondo. Mientras permitamos que gentuza de esta calaña siga ocupando los curules y los ministerios, este país jamás saldrá adelante. Es hora de barrer con el servilismo y exigir, de una vez por todas, un país de ciudadanos, de emprendedores y de profesionales. No más súbditos”.
Jorge Ramos
“Responder a la pregunta “¿Cuándo se jodió el Perú?” implica algo más que buscar una fecha en el calendario. Es una reflexión sobre nuestra historia, nuestra identidad y los ciclos de crisis que, como país, no hemos sabido romper. La célebre frase popularizada por Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral no es solo un recurso literario: es una interrogación existencial sobre el origen de nuestro desencanto nacional.
Mi respuesta es
clara: el Perú se jodió cada vez que la esperanza colectiva fue traicionada por
intereses individuales.
Se jodió cuando los
líderes independentistas proclamaron la libertad, pero mantuvieron estructuras
coloniales que seguían beneficiando a unos pocos. Se jodió cuando los criollos
tomaron el poder en 1821, pero excluyeron a los pueblos originarios, a los
afrodescendientes y a los sectores populares. Se jodió cuando la república se
construyó sin ciudadanía plena para todos. Se jodió cuando la corrupción dejó
de ser excepción para convertirse en práctica recurrente. Cuando la impunidad
se impuso sobre la justicia. Cuando el
Estado fue capturado estructuralmente por élites económicas y mafias políticas.
Cuando la educación pública fue relegada y dejó de asumirse como prioridad
estratégica. Se jodió cuando se normalizaron la informalidad, el racismo, el
centralismo y la violencia estructural. Cuando el “así es el Perú” empezó a
utilizarse como excusa para no cambiar. Pero también se jodió en el plano
moral. Se jodió cuando la gente dejó de creer. Cuando el cinismo reemplazó a la
acción. Cuando la indignación se volvió moda y no motor de transformación. Cuando
nos resignamos a sobrevivir, pero no a construir.
Entonces, ¿cuándo se
jodió el Perú?
No existe una sola
fecha. Es una acumulación de traiciones, omisiones y resignaciones que se han
sedimentado a lo largo del tiempo. Y lo más preocupante es que seguimos jodiéndolo cada día que elegimos
la indiferencia, la comodidad o el silencio frente a lo que sabemos que está
mal.
Sin embargo, la misma
lógica ofrece una salida. Si el deterioro ha sido consecuencia de decisiones
humanas, también puede revertirse mediante decisiones humanas. El Perú puede
dejar de estar jodido el día que decidamos, con responsabilidad y compromiso
real, no seguir jodiéndolo más”.
Sandro Medrano Legua
