Pensar
qué significan para los pobladores las cifras de ingresos provenientes de la
pesca hace que nos preguntemos si acaso no sería más correcto hablar de cuántos
impuestos han generado esta actividad y cómo los ha beneficiado. Y es que esta
visión nos daría una idea de la verdadera posición de la pesquería peruana en
su relación con el país y con aquellos que, como legítimos propietarios de
estos recursos naturales, tienen el derecho de saber en qué han sido
beneficiados.
¿Qué
puede pensar el poblador marginado que no tiene qué comer pero escucha que
somos un gran país pesquero? ¿Qué le importan esas cifras si, además de no
representar un beneficio directo para él, tampoco representa alimento para sus
familias? El poblador andino no consume pescado y acusa índices preocupantes de
desnutrición. Mientras tanto, el sector crece en medio de aplausos.
Se
ha atribuido siempre a los recursos marinos, no solo el carácter de renovable,
sino además, la cualidad de inagotable. Se ha elegido aceptar el mito, en
obstinada ignorancia de los hechos, creyendo que los recursos pesqueros son
infinitos e inagotables y forzando la extracción hacia límites impredecibles en
sus consecuencias.
Regalar
pescado o venderlo a precios artificiales para hacer propaganda de esos actos
es una ayuda a ciertos sectores de la población; pero no es una solución a la
desnutrición ni lo que el país necesita. Programas que promocionan productos
pesqueros elaborados por ciertas industrias tampoco es la solución que se
requiere.
EXPORTACIONES
Se
afirma que el Perú aumentó sus exportaciones pesqueras y que obtuvo éxitos
destacables. Lo que no se especifica es quiénes son los que ganaron. Detrás de las
exportaciones de productos pesqueros, se oculta un problema proporcionalmente
similar o mayor que los beneficios logrados según la información oficial. Bajo
las publicitadas cifras que ofrecen la imagen de un sector próspero, se
desarrolla el drama real de una pesquería sometida un esfuerzo pesquero intenso.
Y un país que va dejando tras de sí hermosas bahías contaminadas y devastadas.
¿Cuántos
hospitales, cuántas escuelas, cuantas carreteras, cuantos desembarcaderos, han
surgido gracias a la contribución de la pesquería? Probablemente algo haya
surgido si revisamos las inversiones provenientes del canon pesquero, pero ¿en
proporción justa a los volúmenes de dinero ingresado por la exportación?
Hoy
se ve menos pescado que antes en los mercados y cuesta tanto o más que el
pollo, con contadas excepciones. El
beneficio del país no va de la mano del beneficio de las empresas en el actual
modelo.
Hoy,
existe un mayor dinamismo del sector pesquero exportador pero, ¿irradian este
crecimiento al resto del país? Que les vaya bien a las empresas no significa
que le vaya bien al ciudadano medio.
Por
más que se pretenda justificar que el sector genera divisas (que finalmente son
propiedad de los exportadores y no del Estado) y generan empleo directo e
indirecto, la realidad muestra que el sector pesquero peruano no es necesariamente
inclusivo, puesto que a los dueños de los recursos, es decir el pueblo peruano,
no se le muestra lo que reciben.
Las
ventas de pescado sin proceso de transformación están exoneradas del Impuesto
General a las Ventas, lo que beneficia al comprador; pero el pescado es cada
vez más caro, o sea que su consumo se viene reduciendo a ciertos sectores que
los pueden pagar y no a las mayorías.
La
promoción del consumo humano directo de productos pesqueros en el mercado
nacional, el cual puede ayudar a reducir los índices de desnutrición de la
población, especialmente la infantil, tropieza con la dificultad de que la
industria pesquera solamente tiene incentivos para exportar sus productos y no
para el mercado interno. Por la exportación se le restituye el Impuesto General
a las Ventas pagado y se le otorga un Drawback, en algunos casos, que es un
estímulo para la exportación. En cambio para el mercado interno, los productos
transformados pesqueros pagan el IGV y carecen de algo parecido al Drawback. En
consecuencia la industria pesquera no tiene mayor motivo para introducir sus
productos en un mercado que no le ofrece atractivos.
La
vocación exportadora del sector, coherente con el modelo económico vigente,
condena a la población peruana a disponer de una oferta de recursos
hidrobiológicos insuficiente y de calidad discutible si la comparamos con la
calidad del denominado “producto de exportación”.
Tan
selectivo es el asunto que en las etiquetas se pone el término “calidad de
exportación” como para reafirmar ante el país y el mundo entero, que en el Perú
hay una clara selectividad: lo que se exporta es mejor que lo que se deja para
el consumo interno.
Tan
poca atención se presta al país, que existe un Ministerio de Comercio Exterior,
pero no existe un Ministerio de Comercio Interior. Al sistema le preocupa más
satisfacer las necesidades alimentarias de los países desarrollados que las
necesidades de la propia población.
En
ese orden de cosas, la exportación es más atractiva por los beneficios
tributarios que se derivan de ella para los exportadores. El mercado interno carece de similares
estímulos. Por tanto es posible hablar de subsidios a la exportación pesquera.
Exportamos
harina de pescado para alimentar peces cultivados en otros países, exportamos
congelados a otros países para alimentar a otras poblaciones, y exportamos
conservas a otros países para alimentar también a otras poblaciones. Lo que no
se puede exportar se destina al mercado nacional. Además, lo que no satisface
los estándares de calidad de los mercados internacionales, se traslada al
mercado nacional. Se mantiene un doble estándar de calidad menospreciando al
consumidor peruano.
La
pesca de consumo en estado fresco, por sus volúmenes y por cuestiones de
mercado, se destina a la población nacional. Pero la ausencia de cadena de frío
limita su distribución.
Cabe
preguntar si la capacidad de producción de hidrobiológicos del Perú permite
incrementar su oferta exportable, que se ve presionada y favorecida por la
firma de tratados de libre comercio.
Es
evidente que en el caso de harina de pescado producida en base a anchoveta, no
habrá posibilidad, (no debería haberla por lo menos) de incrementar las cuotas
de captura, por lo cual no habría forma de incrementar estas exportaciones.
En
el caso de recursos destinados al Consumo Humano Directo, a menos que se
orienten capturas a nuevos recursos o recursos subexplotados, tampoco habría forma
de producir un incremento de la oferta. El empresario privado optará siempre
por vender sus productos con mayor valor agregado al mejor precio y al mejor
postor. En esa lógica de pensamiento siempre encontrará en la exportación un
mercado dispuesto a pagar caro por alimentos o materia prima para producir
alimentos gourmet que satisfagan no necesariamente el hambre sino exigencias
gastronómicas. El ciudadano pobre que solo requiere proteína barata tenderá a
ser excluido de esa lógica de mercado.
La
única forma de incrementar la oferta exportable, sin afectar al ecosistema
marino peruano, sería con productos provenientes de la acuicultura y
maricultura.
SOBERANIA Y SEGURIDAD ALIMENTARIA
La
pesquería viene siendo conceptuada como fuente de riqueza vía exportación,
cuando primero debe ser fuente de alimentación nacional. Si aspiramos a la
soberanía y seguridad alimentarias se necesita una pesquería que produzca
alimentos variados, sanos y accesibles para su población y, para el mercado
externo debe haber igualdad de trato. Los beneficios a la exportación deben ser
similares a los del mercado interno.
Estamos
lejos de una noción de soberanía alimentaria. Dicha noción se entiende como el
derecho de los pueblos a alimentarse en correspondencia con sus especificidades
sociales, económicas, ambientales y culturales. Dentro de un sistema donde el
alimento sea disponible y autosuficiente. Es decir con posibilidades de su
compra en mercados justos, con calidad y cantidad de alimentos sanos y libres
de todo tipo de contaminaciones.
La
soberanía alimentaria supone un cuidado sostenible de los recursos naturales.
El
mar peruano todavía ofrece varias especies abundantes que son muy poco
utilizadas por la industria o consumidas por el público.
La
cada vez mayor escasez de especies de consumo tradicionales como el congrio, el
mero, la corvina, etc., indican que hay menos peces. Por eso, salvo una que
otra especie, el pescado es caro en un país que se dice "pesquero".
La
verdad es que los volúmenes que antes existían de otras especies ya no son los
mismos. Para los pescadores ya no es rentable pretender vivir de su captura.
Para los consumidores, los precios de la mayor parte de especies que antes eran
asequibles a su adquisición, hoy ya no lo son. Solo unos pocos sectores
privilegiados pueden acceder a ciertas especies.
Hubo
un tiempo en el cual el jurel y uno que otro recurso era accesible y competía
favorablemente con el pollo, su principal competidor. Hoy la situación se ha
revertido.
Hay
una imposibilidad para acceder a los alimentos por parte de amplias poblaciones
que no pueden pagar los precios actuales.
La
mayor parte de las capturas pesqueras en el Perú van a la producción de harina
y aceite de pescado para la exportación, con otra parte para el consumo humano
directo, también mayormente para la exportación en forma de enlatado y
congelado. A nivel nacional, el pescado se consume principalmente fresco. Las
especies de peces más cotizadas (corvina, lenguado, cojinova - especies
carnívoras de carne blanca) son actualmente muy escasas y sus precios las hace
inasequibles a la mayor parte de la población. Actualmente, las principales
especies de pescado consumidas en el Perú son pelágicas (pota, bonito, jurel,
caballa y otras).
La
promoción del consumo de pescado debe orientarse a los estratos socioeconómicos
más bajos y con los recursos más abundantes.
La
promoción de consumo de la anchoveta tuvo avances importantes. Hoy ya no existe
ningún programa de esta naturaleza. El desarrollo del mercado interno peruano
para productos preferentemente derivados de la anchoveta es un enorme desafío.
Implica educar a la población en el hábito de consumo de productos
hidrobiológicos, en especial la anchoveta y de transformar un simple potencial
de consumo en un verdadero mercado.
El
reto nacional es desarrollar el mercado interno. La barrera para ello radica en
que es más fácil aprovechar los mercados que otros países ya tienen bien
estructurados y exportar. Los Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón,
entre otros, son mercados atractivos porque pagan precios altos pero también,
porque tienen mercados estructurados, con redes de importadores, de grandes
distribuidores, mayoristas y minoristas que posibilitan una venta rápida para
productos de buena calidad.
Esta
tendencia, sumada a la deficiente red de frío y de comercialización en el
mercado interno, así como por la escasa demanda, afectan el desarrollo del
mercado interno. Los elevados precios de los productos que se ofertan a este
mercado constituyen otro de los limitantes. Ante mercados externos ya
existentes, es difícil pensar que el sector privado realizará esfuerzos por
invertir en la creación de un mercado interno para anchoveta y otros
hidrobiológicos. Ante esa realidad y la disponibilidad de anchoveta y pota, es
preciso que el Estado intervenga en la creación del mercado y en la
articulación con el sector privado para llevar esta proteína a los sectores que
más la necesitan y a precios accesibles.
El
Perú no es Lima solamente. Si la anchoveta y la pota pueden ser una solución
alimentaria, lo que corresponde es llevarla a todos los mercados del país.