Por:
Raúl
Castillo Rojas
Marcos
Kisner Bueno
LA AUSENCIA DE POLÍTICAS CLARAS Y DE ARTICULACIÓN
ESTATAL ESTÁ EROSIONANDO EL VALOR DE UNO DE LOS PRINCIPALES RECURSOS MARINOS
DEL PAÍS.
“Más pesca no significa más
riqueza cuando el desorden define las reglas”
El Mar Peruano vuelve a ser
escenario de una de las contradicciones más profundas de nuestra economía. Mientras
el Ministerio de la Producción (PRODUCE) celebra haber elevado
extraordinariamente el Límite Máximo de Captura Total Permisible (LMCTP) a la cifra
histórica de cerca de 710 mil toneladas este año 2026, en los muelles de
Paita, Sechura y Parachique el ambiente productivo y social no es de celebración,
sino de profunda incertidumbre y protestas sociales. La pota (o calamar
gigante) se ha consolidado como la mayor paradoja económica del país: lideramos
la oferta mundial, capturamos volúmenes colosales y generamos exportaciones que
superan los US$ 1.200 millones, pero el modelo que la sostiene sigue
atrapado en una lógica primitiva de mucho volumen, poco valor y nula estrategia
de largo plazo. Detrás de las cifras oficiales, se entraña una realidad
incómoda. La pesca de pota en el Perú es una actividad económica de
oportunidad, no una política sectorial. El extraordinario incremento de biomasa
de este año no es el resultado de una brillante planificación pública ni de un
diseño institucional sólido. Es, en gran medida, una respuesta coyuntural que el
país simplemente aprovecha cuando aparece (“pulso poblacional”), pescando a
ciegas en un escenario global que no planificamos ni controlamos.
Las dinámicas del Fenómeno El Niño 2026 han
alterado drásticamente la geografía de nuestras pesquerías. El persistente
calentamiento anómalo de la superficie marina ha ahuyentado a las especies
tradicionales de aguas frías hacia el sur o hacia las profundidades. En su
lugar, el ingreso masivo de masas de agua cálida ecuatorial ha generado un
desplazamiento y una concentración inusual de recursos tropicales y de la
propia “pota” a lo largo del litoral. Este fenómeno climático no representa una
bonanza planificada, sino un revuelo biológico en el que el recurso aparece en
zonas imprevistas y en volúmenes desorbitados, desnudando la absoluta falta de
preparación logística y de infraestructura de almacenamiento en nuestros
desembarcaderos artesanales para gestionar “picos tan severos de biomasa”.
Aquí es donde emerge el problema
político de fondo: el Estado ha abdicado de su rol estratega. Seguimos operando
sin un ordenamiento efectivo del esfuerzo pesquero y sin una estrategia
agresiva que proteja la biomasa capturada en aguas internacionales por flotas
extranjeras que acechan nuestras fronteras marítimas. En la fase extractiva, la
cadena productiva continúa fragmentada y dominada por la informalidad relativa.
Al permitir que miles de embarcaciones artesanales compitan como “una carrera
olímpica” (desordenada) por un recurso altamente volátil, sin mecanismos que
estabilicen los ingresos o los precios, el resultado es tan predecible como
doloroso.
Este año, la sobreoferta ha
presionado los precios internacionales a la baja, dejando a los pescadores
artesanales en los puertos del norte recibiendo montos irrisorios que apenas
cubren el alza de los costos operativos. En contraste, cuando el recurso
escasea, los ingresos colapsan por completo. En ambos escenarios, el “Perú
pierde”. Pierde porque es incapaz de capturar valor industrial, pierde
porque no estabiliza su principal pesquería de consumo humano directo, y pierde
porque deja que la renta potencial se licúe en una cadena primaria y poco
integrada que envía la inmensa mayoría de su producción a los mercados
asiáticos como bloque básico congelado, sin mayor procesamiento interno.
Esta inacción gubernamental no es
un descuido técnico; es una decisión política. Mantener el statu quo y
postergar las reformas de fondo beneficia a quienes operan en el corto plazo y
lucran con la desorganización del sector, pero perjudica gravemente el futuro
del país. Mientras otras potencias pesqueras avanzan firmemente hacia modelos
sofisticados basados en la industria avanzada, la innovación tecnológica y la
diversificación de mercados, el Perú sigue atrapado en el rol de simple
extractor de materia prima. En este 2026, la pota nos demuestra que el volumen
sin visión es solo una riqueza ilusoria. Si el Estado no asume una verdadera
política de ordenamiento e industrialización, seguiremos condenados a ver cómo
el mayor tesoro de nuestro mar se diluye entre las manos de una cadena que se
niega a modernizarse.
PESCAR MÁS, GANAR MENOS: LA PARADOJA ECONÓMICA DE
LA POTA EN EL PERÚ
La pota en el Perú tiene la
escala de un gigante económico, pero el tratamiento de una pesquería menor.
Aunque ha generado más de US$ 1.400 millones en exportaciones y devora
el 76% del volumen de los productos congelados del país1/
(Oceana-Perú), su éxito es una fachada. Detrás de las cifras millonarias se
esconde la realidad de un sector que funciona como una simple pesquería de
volumen, cuando tiene todo el potencial para convertirse en una palanca de
desarrollo industrial, una fuente de empleo formal y el eje de la
diversificación exportadora que tanto busca nuestra economía.
¿Qué nos frena? Algo que no se
compra en el mercado técnico: liderazgo de gobernanza política.
Resolver el desorden de la pota
no requiere una ingeniería compleja ni descubrir la pólvora. El camino es
claro: ordenar el esfuerzo pesquero para frenar la sobrecapacidad, invertir en
cadenas de frío que defiendan la calidad del producto, e impulsar una verdadera
política industrial de transformación. A esto se debe sumar el diseño de
herramientas financieras y comerciales que amortigüen la volatilidad natural de
la especie. Si nada de esto se hace, no es por falta de conocimiento o de
diagnósticos; es por una flagrante carencia de decisión. El Perú no
padece una escasez de recursos; padece una alarmante falta de Estado.
El corazón del problema tiene
responsables con nombre propio. La autoridad sectorial ha confundido la palabra
"gobernar" con "reaccionar". Administrar cuotas sobre la
marcha, emitir resoluciones de última hora y abrir o cerrar los “grifos de
captura” según sople el viento no es "manejo adaptativo", es
gestionar la crisis del día a día. Mientras tanto, el Ministerio de Economía y
Finanzas (MEF) contempla el escenario como un espectador silencioso, ajeno al
valor estratégico que se diluye en el mar.
El costo de esta parálisis lo
pagan, como siempre, los más vulnerables. Sin un ordenamiento estructural,
miles de embarcaciones artesanales navegan a ciegas en un mercado saturado. El
resultado es una tormenta perfecta: picos de sobreoferta que desploman los
precios en el muelle. Así, el pescador artesanal queda atrapado en una paradoja
perversa: sale al mar, trabaja el doble, captura más que antes, pero gana mucho
menos debido al encarecimiento del combustible2/ (Infobae). La pota
es, hoy por hoy, el espejo más nítido de un país que lo tiene todo para ganar,
pero cuyo Estado no sabe qué hacer con la riqueza que tiene en las manos.
La pota se ha consolidado como
una de las principales fuentes de divisas para el Perú, pero su gestión
evidencia una profunda desconexión estructural entre el Estado y el sector
empresarial. Por un lado, el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) adopta un
rol meramente recaudador, limitándose a observar las cifras récord de
exportación sin diseñar políticas económicas sectoriales, estímulos para el
valor agregado o mecanismos para estabilizar los ingresos y capturar la renta
del recurso. Por otro lado, los gremios empresariales se han acomodado en un
modelo de negocio de alto volumen, bajo procesamiento y rápida rotación
comercial centrado en el producto congelado. Esta estrategia minimiza los
riesgos financieros inmediatos, pero condena al país a exportar materia prima
básica mientras mercados internacionales, liderados por China, industrializan
el recurso y absorben la mayor parte de la rentabilidad global.
Esta inacción estatal y falta de
visión privada perpetúan una lógica extractiva primaria donde el Perú asume por
completo el riesgo biológico y operativo sin retener el valor potencial de su
abundancia. La gobernanza del sector se diluye así en un esquema donde el
Ministerio de la Producción (PRODUCE) administra la pesquería sin ejercer un
liderazgo real, el MEF recauda dinero de forma pasiva y los gremios producen
sin transformar la materia prima.
Esta falta de articulación
integral se extiende también a los criterios regulatorios. Los informes
técnicos que sustentan las vedas biológicas omiten por completo un análisis
estratégico sobre la asimetría territorial de las restricciones. Estas
normas prohíben la captura desde la costa hasta la milla 200 —dentro del
dominio marítimo nacional—, pero ignoran la realidad de la milla 201 en
adelante, donde las flotas extranjeras operan en altamar sin ningún tipo de
control ni paralización biológica, dejando al país desarmado ante un recurso
que no conoce de fronteras políticas.
¿Acaso las capturas fuera de las 200 millas no impactan a la
porción de la biomasa que se encuentra en nuestro dominio marítimo? ¿Por qué
entonces, prohibir capturas a la flota nacional mientras que la extranjera es
libre de capturar sin límites ni medida?
Y así, año tras año, el Perú repite la misma historia:
abundancia sin desarrollo, exportaciones sin industria y crecimiento sin
política. Porque cuando el Estado no toma decisiones, el mercado decide por él.
Y casi nunca a favor del país.
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1/ https://peru.oceana.org/blog/exportaciones-pesqueras-2025/?utm_source=chatgpt.com
"Informe | Las exportaciones pesqueras del Perú en el 2025"
2/https://www.infobae.com/peru/2026/07/05/la-pota-no-tiene-cuando-acabarse-en-aguas-peruanas-y-el-gobierno-eleva-ahora-la-cuota-maxima-a-589230-toneladas/?utm_source=chatgpt.com
"La pota no tiene cuándo acabarse en aguas peruanas y ...